Amiga, no eras "masculina".

Eras una nena.
Una nena que tuvo que ponerse fuerte porque nadie cuidó de su fragilidad.
Te tocó endurecerte, guardar esa flor delicada que llevabas adentro como quien protege un tesoro para que no lo rompan.
Esa energía dura que cargaste no nació con vos: la fuiste armando para sobrevivir.
Fue tu coraza, tu refugio, tu manera de decir: "acá estoy, aunque por dentro tiemble".
Y sí, muchos no lo entendieron, hasta te señalaron por ser "dura".
Aunque lo cierto es que esa dureza fue tu salvación.
Mirá dónde estás hoy: seguís de pie.
Gracias a esa armadura llegaste hasta acá.
Y quiero que lo sepas, amiga: ya no estás en peligro.
Ya no hace falta esconder lo más tierno de vos.
Podés dejar que tu dulzura respire, que tu suavidad se muestre sin miedo, que tu femineidad vuelva a brillar.
La nena que fuiste no era fría, ni mala, ni rara.
Era valiente.
Tuvo el coraje de cuidar lo más sagrado de sí misma hasta que llegara este momento: el de abrazarte entera, con tu fuerza y tu ternura, con tu fuego y con tu agua.
Hoy podés mirarla a los ojos y decirle:
"Gracias por salvarme. Te abrazo. Y te amo tal cual sos."
